miércoles, 14 de julio de 2010
Dióxido de carbono
Cada vez
Cada vez que me siento, una maleta aparece delante de mí, trato de abrirla y no puedo, tiene un candado que quisiera partir.
Tres horas y treinta minutos de estupidez
Voy a envidiar a toda persona que pase cerca de mí
(Dos horas después)
Como no he podido, voy a envidiar a los que estén lejos de mí.
(Una hora después)
No lo he logrado, quizás tenga que intentar con más concentración.
(Media hora más tarde)
Tal vez debe rendirme, en tres horas y media no lo he logrado, debe haber algo mal conmigo.
Se va, dejando un fulgor por cada paso que da, demasiado triste para notar.
Y sigue siendo raro
Opiniones atemporales en el infierno
Yo he pasado aquí cinco días, estoy pasando la mejor semana de mi vida, me gustaría quedarme por la eternidad.
Vivo aquí de hace diez años, ya no recuerdo nada de mi vida, pero no me importa, una vez que me acostumbré al ritmo de este lugar, las baladas me han parecido niñerías.
Creo que he vivido aquí desde siempre, tanto que no recuerdo bien, mucha gente ha llegado a mí, pero no me importa, la verdad es que estoy tan relajado que podría seguir otra eternidad completa.
Meditaciones
También debo pensar en las puertas que se abren peligrosamente, sin avisar. Y ese calvario de maceteros atestados en todas partes. Quizás deba desistir, o tentar a otra persona para que lo pruebe antes que yo, aunque no promete ser nada lucrativo, el éxito significaría un funeral más.
MBV
martes, 6 de julio de 2010
La Mansión de Miscay
Fue hace mucho tiempo, no he dejado de escuchar los relojes desde entonces, cada segundo muere en mis oídos, como el tiempo muere en cada hora y hasta al mismo tiempo suprime los minutos inexistentes. Pero aún así lo escucho, aunque sea falso y no le crea, lo siento.
Entré en la mansión muy rápido, no mire siquiera el hermoso jardín que se extendía por todo el rededor de la ingente casa. Me hubiese gustado quedarme un rato a contemplarlo y a respirar el aire fresco, pero mi curiosidad era mayor…
Un largo pasillo alfombrado guiaba a una escalera, a muchos metros de la puerta de entrada, caminé por él sintiendo como me acercaba lentamente a la oscuridad inminente, a lo que yo iba a buscar... la verdad, mi verdad.
Me han haber de faltado dos o tres pasos para llegar a la escalera, pero algo me detuvo, un suave sonido, casi inaudible me envolvió y me obligó a mirar en la dirección de la cual provenía. Una puerta pequeña, me había pasado inadvertida en mi carrera, estaba a unos cinco metros por el pasillo, a mano izquierda mirando desde la entrada principal.
No me costó decidirme, llegué hasta la puerta jadeando y la abrí lo más rápido que pude.
Una hermosa pradera se extendía ante mí, tan enorme que el horizonte sólo daba paso a cadenas de montañas, mi cabello se revolvía en el viento y la ropa se pegaba contra mí, pero ese era sólo un detalle. El floreciente prado parecía brillar, aunque el sol estaba a punto de perderse en la lejana línea que impedía que todo eso fuera infinito detrás de los montes. De alguna forma los jóvenes árboles servían de marco para todo el colorido espectáculo.
Sólo después de caminar un poco, caí en la cuenta de lo irreal y fantástico, comenzando desde que un prado de esas magnitudes no podía estar dentro de la mansión, hasta la puerta abierta que estaba en medio de todo el verde pasto, mostrando el pasillo por el cual yo había salido…o entrado.
De cualquier forma, la puerta no se iría a ningún lado.
Me distraje demasiado, perdí la noción de mi tiempo caminado hacia el horizonte. Mis zapatos no alcanzaban a tocar la tierra, ya que, el pasto amortiguaba mis pasos, supuse que así sería caminar por una nube.
Como no llegaba a ninguna parte, me detuve. Y entonces lo escuché nuevamente.
“Quédate”
Un susurro… provenía de una voz juvenil y masculina al mismo tiempo…
“Quédate, por favor…” Repitió, esta vez con un tono más grave.
Yo me volví en mis pasos, en busca de la puerta para salir de ese cautivador lugar y escapar del susurro.
“¡No, no te vayas por favor, quédate!” Ahora parecía llorar, ya no era un joven el que me llamaba, la voz era cada vez más ronca y pesada, comenzaba a sonar distorsionada.
Corrí y pensé en otra cosa para no escuchar la voz, recordé las historias que me habían contado acerca de ese lugar. Era la mansión de los sueños, la respuesta a todas las preguntas, el entendimiento de la mente, la verdad, el dolor y todo lo imaginable. Se decía, sobre todo, que en la habitación más pequeña del segundo piso, se podían hacer realidad todos los deseos, pero había que pagar un pequeño precio, o si no, el intruso debía quedarse como residente permanente de la mansión, ser parte de ella.
Entonces, corriendo para llegar a la puerta y salir del campo, no tenía la seguridad de querer pagar el precio, la voz me tiraba hacia ella, como si la hubiese buscado desde siempre. Y comprendí, sí conocía esa voz, y la añoraba desde hace muchísimo tiempo, era la voz de esa persona que había muerto en mis brazos, una vida a la cual yo había dado fin, hace tanto ya…
Crucé la puerta y la cerré tras de mí. A mi derecha se mostraba la puerta para salir de ese lugar y a la izquierda la temeraria escalera, me quedé un minuto allí, sin lograr moverme.
Finalmente y con la guía de un sentido desconocido para mí, di un paso tembloroso hacia la escalera. La subí, peleando con las contradicciones que se formaban en mi cabeza, dejándome llevar por el instinto.
Al final de la escalera vi tres puertas, todas exactamente iguales en apariencia, pero yo lograba sentir algo extraño con cada una de ellas, la del extremo izquierdo tenía algo hermoso en su interior, la del extremo derecho guardaba celosamente algo horrible y la del medio estaba sumida en las penumbras y protegida por la más potente luz.
Contemple las tres puertas que me llamaban, cada una a su manera, supuse que la puerta de la izquierda tendría la verdad acerca de la bondad, la de la derecha rebelaría los secretos de la oscuridad y la del medio, pues, debía ser la habitación pequeña capaz de cumplir todos los deseos.
¿Cuál habría elegido esa persona a la cual yo había matado? ¿Qué había hecho él para ser condenado a la mansión? Yo no podía cometer el mismo error. Pensé en la avaricia, saber la verdad, seguro que ese era el truco. Entonces me encaminé decididamente a la puerta del medio.
Me costó acostumbrarme a la impetuosa oscuridad, el aire en la diminuta habitación escaseaba, pero una fuerza extraña me permitía respirar libremente. Miré de un lado a otro y lo único que logré ver fue un enorme baúl en medio de la oscuridad. Sentí un golpe tras de mí, la puerta se había cerrado sola. Cuando volví a mirar al baúl, este ya no estaba allí, en su lugar se mostraba un enorme hombre, muy pálido y con una mirada torturada.
-Mala elección.- Dijo en un timbre de voz tan grave que era difícil entenderlo.- No mucha gente elige esta puerta, pero eso no quiere decir que sea la correcta.
Asimilé la situación muy rápido, no tenía opciones, me había equivocado aberrantemente y tendría que aceptar el destino que me había fabricado, cuando elegí subir las escaleras, cuando quise entrar a la mansión, o peor aún, cuando maté a mi amigo…
-No tendrás un castigo común…bienvenida a la luminosa oscuridad, al cofre de la eternidad.
…yo ya estaba muerta.
El Ciego de la Máquina de Escribir
Se sentó frente a su máquina de escribir, intentando recordar la ubicación de las letras, que unos años atrás había sabido de memoria, pero ahora, habiendo dejado el pasar el tiempo, estaba seguro de que le costaría mucho volver a escribir como antes.
Por lo menos la concentración no le faltaba, recordó todo rápidamente y comenzó a escribir. Habló acerca de su vida, sus conocimientos, sus ideas para mejorar el mundo, y por último, se internó alegremente en las corrientes de sus filosofías.
Cuando hubo terminado lo que creyó su mejor trabajo, abrió la ventana de la habitación, no le importó el intenso frío, ni las hojas recién escritas que volaban a su alrededor, porque no tenían razón de ser, porque no eran dignas ni de sus ojos.
El ciego permaneció quieto, mientras las palabras salían lentamente del papel, posándose como libélulas negras en las paredes y los libros en clave amontonados por doquier, incluso alguna osada palabra se prendió de su hombro, y lo acompaño en su quietud. Eran tantas las palabras que andaban por la habitación, que muchas chocaban entre si, y se fundían en una nueva mezcla y forma, obteniendo alas que les permitían volar a voluntad.
-Váyanse de aquí y déjenme solo.- Pidió el hombre, al borde del llanto.-Váyanse para pueda olvidarme de ustedes.
Pero las palabras no lo escuchaban, ellas querían ser leídas y no les importaban las peticiones mortecinas del ciego anciano. De modo que se acercaron a él, lo rodearon sin dificultad en una cubierta oscura, mientras más letras salían sin descanso de las hojas y se unían a ellas, cambiando fugazmente de significado cada vez que una fuerte corriente de viento las golpeaba.
El ciego sentía como era envuelto por sus creaciones, pero no hizo ademán de quitárselas de encima, sabía que era inútil.
-Así que no van a dejarme solo.- Rió amarga y sarcásticamente.- Entonces engúllanme, ya no me importa.
En ese momento la máquina de escribir tembló en su sitio, llamando la atención del ciego, quien se volteó hacia ella. Si quería decirle algo, era importante. Así que se sentó frente a ella y la sintió con afecto, como aún lo envolvían las letras pensó que no sería capaz de sacar los brazos del envoltorio oscuro, pero se equivocaba. Luego pensó que sería incapaz de escribir, porque todas sus letras estaban hostigándolo, pero también se equivocaba.
El ciego podía escribir he ignorar todo lo que a él se acercaba, y así lo hizo, al borde de las lagrimas, siguió escribiendo, cubierto por sus letras, siguió escribiendo, mucho después de que el invierno terminó, él ciego siguió escribiendo.